PERSONAS QUE INSPIRAN

Tras siete años de diálisis llegó el riñón que le cambió la vida

Tras siete años de diálisis llegó el riñón que le cambió la vida

“Está bueno no olvidarse de esos momentos porque no sé cuánto me puede durar lo que estoy viviendo”, dice Mili, después de su tercer trasplante.

Esta es una historia de superación personal, de amor y de la perseverancia a la hora de poder cumplir un sueño. Pero también deja el legado de cómo podemos enfrentar la enfermedad, de qué tipo de actitudes podemos tomar aún en aquellos días en que todo parece negro.

El jueves 29 de marzo de 2018 Milagros Pedeflous (35) se encontraba trabajando cuando, de repente, recibió el llamado de su médico.

-Estás en un operativo –le dijo a eso de las 12.30hs.

-¿Qué hago? –le preguntó Milagros.

-No comas –le contestó.

Inmediatamente, recibió un WhatsApp de su doctor.

-Venite ya para el Hospital Austral.

-¿Pero me van a trasplantar de verdad? –le preguntó Milagros que ya se había ilusionado otras seis veces en otros operativos.

“Hasta que no estuviera en el quirófano no me quería ilusionar porque sabía que podían pasar mil cosas y cuando llegué me hicieron un electro, placas y una doctora me confirmó que me iban a realizar el trasplante. En ese momento grité de alegría, no lo podía creer”.

Diálisis y primer trasplante

A los 13 meses Milagros contrajo El síndrome urémico hemolítico, un trastorno que ocurre generalmente cuando una infección en el aparato digestivo produce sustancias tóxicas que destruyen los glóbulos rojos, causando lesión a los riñones.

A raíz de la enfermedad comenzaron a funcionarle sus riñones con ciertas dificultades. A los 13 años le realizaron unos estudios previos para comenzar la secundaria y descubrieron que la insuficiencia renal estaba avanzada. Por ese motivo debió empezar a realizar dietas, a comer sin sal y a tomar medicación para mantener la presión estable.

A los 18 comenzó a hacerse diálisis durante unos meses, mientras que a la par los médicos le realizaban estudios junto a su mamá para corroborar si era o no compatible para donarle un riñón. Finalmente la trasplantaron, pero a los tres años y medio lo rechazó.

“Durante unos meses estuve muy mal, con mucho dolor de cabeza, los estudios daban mal y tuve que volver a diálisis durante tres años. En esa época vivía con mis padres, iba a la iglesia evangélica, a los grupos, cantaba en el coro y como solista. Todo eso me ayudaba a poder superar esa triste situación. En ese momento estaba de novio y él siempre me acompañó”, recuerda Mili.

Otro rechazo

Mientras se encontraba en lista de espera, Mili trataba de hacer una vida normal, más allá de la complicación de tener que ir a diálisis varias veces a la semana. Una tarde se le ocurrió llamar a su tía que le había ofrecido su riñón la primera vez.

-¿Vos todavía me querés dar el riñón? –le preguntó Mili.

-Sí, claro –le respondió su tía.

La segunda operación se llevó a cabo en octubre del 2007, pero lamentablemente volvió a rechazar el trasplante como había ocurrido la primera vez.

“Me acuerdo que me dijeron que tenía que volver a diálisis, para mí no había opción. La pasé mal hasta que me acomodé y asimilé que eso era lo que había. Pero me costó porque fueron casi ocho años de diálisis”.

Mientras permanecía las cuatro horas en diálisis, Mili aprovechaba para escribirle en un cuaderno a Dios sobre la tristeza que sentía durante esos días en las que las cosas no salían como ella había planeado. En el medio buscó para estudiar Nutrición, Administración de Empresas, se mudó sola y adoptó a su perrita Fiama que actualmente tiene cinco años. “La enfermedad nunca fue un no para mí, siempre fui para adelante”, confiesa.

“Cuando me desperté de la anestesia la vi a mi mamá y le dije varias veces ´te amo´”

En un momento intentaron realizarle un trasplante cuyo donante iba a ser uno de sus primos, pero el último estudio dio negativo y dos días antes de operarse se enteraron que no era compatible. En ese momento, literalmente, Mili revoleó unos libros que tenía consigo. Estaba en shock, no contestaba los llamados ni los mensajes de sus seres queridos.

Sin embargo, en ese momento se refugió en el amor y en la contención de Cristina, su mamá. “Es una genia, es muy positiva, siempre fue la que me dijo ´ya pasa´, la que me explicaba de chiquita qué era lo que me iban a hacer, ella me enseñó a no tener miedo. Fue el apoyo más grande que tuve”, se emociona.

En el momento en que Mili comenzó a aceptar la situación por la que estaba atravesando y permitió relajarse llegó la posibilidad del tercer trasplante. “Cuando me desperté de la anestesia me acuerdo que la vi a mi mamá y le dije varias veces ´te amo´”.

Mili se quedó unos días internada, a los dos días de darle el alta le quitaron la sonda y pudo orinar convencionalmente. “Mi mamá se puso a llorar como loca, en ese momento entendí lo que una madre sufre por un hijo. A los pocos días ella me dijo que estaba orgullosa de mí, que admiraba mi resiliencia y que aprendía de mí. Yo me morí de amor, jamás esperé que ella dijera algo así, era como que me salvaba la vida”.

Su esencia

Al principio, tuvo que ir a control tres veces por semana, luego fue reduciendo las visitas hasta llegar solamente a una vez por mes. En la actualidad, va al médico una vez cada dos meses. Estuvo unos meses de licencia en su trabajo y retomó la carrera de Relaciones Públicas que había arrancado en 2017.

“Me siento re feliz, tengo una foto de ese momento con el barbijo donde se me ve el brillo en los ojos, tengo una luz porque estoy muy contenta. Es algo que había esperado mucho tiempo después de haber vivido un calvario de siete años. Me cambió la vida, todo ya me importa menos. Levantarme un sábado e ir al gimnasio en vez de tener que ir a diálisis es algo muy lindo. Está bueno no olvidarse de esos momentos porque no sé cuánto me puede durar lo que estoy viviendo, no sé si es para siempre este nuevo riñón. Si me dura uno, dos, tres o mil días quiero disfrutarlo”.

Milagros disfruta del día a día, de su trabajo, de sus amigos, de ir a la facultad, de sus salidas con su mamá y su pareja y de su sobrina Olivia.

“Yo siempre había sido payasa y creía que eso era solo un mote que me habían puesto mi familia y mis seres queridos y que era un personaje. Sin embargo, me di cuenta que estaba plasmado en mi esencia porque en todos estos años eso jamás cambió. Hubo Milis más o menos apagadas, pero me identificaba con eso y nunca quise irme al lugar de la queja o de la victimización. La enfermedad es parte de mi vida, pero aprendí que los rótulos no sirven para nada ni me condicionan”.